Por: Jesús Elías Varón Rincón
Tomado de FB. Junio 6 de 2026.
Hay palabras que caminan disfrazadas. Llegan con el uniforme de la patria, con el porte de quien defiende algo sagrado, y nadie se detiene a mirarles los zapatos. "Firmes por la patria", repiten como eco de cuartel, sin saber que en el manual de instrucción militar —ese libro que no leen los civiles— la palabra "firmes" no es un grito de libertad, sino una orden de inmovilidad. Es el comando que congela al soldado. Es la instrucción que le dice: no te muevas, no pienses, no maniobres. Espera. Quieto. A merced de quien te dio la orden.
Abelardo de la Espriella, abogado de oficio y estratega de campaña por vocación, encontró en ese término su arma más letal. No una metáfora, no un juego poético. Una computación exacta del poder. "Firmes por la patria" no es un llamado a la acción; es una orden de parada. Es el candidato diciéndole al electorado: quédate ahí, no hagas nada, no cuestiones, no te desvíes del lugar que te asigné. Y el electorado, encantado con el ritmo marcial del eslogan, obedece sin saber que está siendo comandado.
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En el patio de cualquier batallón de Colombia, cuando el sargento grita "¡Firmes!", los reclutas dejan de respirar con libertad. Los talones se juntan, los brazos pegan al cuerpo, la mirada se fija al frente. No hay diálogo posible. No hay deliberación. El soldado firme no decide; espera la siguiente orden. Esa es la belleza del término para quien manda: anula la voluntad sin necesidad de discutirla. Conviene al superior que sus subordinados estén firmes, porque un ejército en movimiento propio es un ejército incontrolable.
De la Espriella lo sabe. O lo intuye con esa astucia que tienen los mercaderes de la política moderna. Su campaña no pide al ciudadano que piense, que exija, que proponga. Le pide que se quede "firme". Que repita el lema como los reclutas repiten el nombre de la patria en la formación matutina. Que se sienta parte de algo grande mientras, en realidad, se inmoviliza. El candidato no necesita votantes críticos; necesita tropa disciplinada. Y para eso, qué mejor que un eslogan que ya viene con la cadena de mando incorporada.
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La gente no sabe de la connotación del término. No sabe que "firmes" es la antítesis de la democracia deliberativa, de la sociedad que debate, de la ciudadanía que exige cuentas. Repiten "firmes por la patria" como loros adiestrados en un guacamayo de plaza pública, creyendo que pronuncian un grito de rebeldía cuando en realidad están pronunciando su propia suspensión. Es el milagro de la propaganda bien hecha: hacer que el sujeto alabe su propia jaula.
Y aquí es donde el espejo se vuelve alemán, oscuro, inquietante.
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En 1981, Dennis Gansel estrenaba Die Welle —La Ola—, película que recrea el experimento de Ron Jones en una escuela californiana de los años sesenta. Un profesor de historia, intentando demostrar a sus alumnos que el fascismo no era un fantasma del pasado sino una tentación permanente, crea un movimiento llamado "La Ola". Le da un saludo propio. Un uniforme blanco. Un lema: "Fuerza a través de la disciplina". "Fuerza a través de la comunidad". En cinco días, los adolescentes —jóvenes liberales, hijos de la democracia— se transforman en milicia fanatizada. Acosan a quien no se une. Persiguen al diferente. Olvidan que todo comenzó como un juego de salón.
La película no es una advertencia sobre el nazismo. Es una radiografía del presente. Muestra cómo el ser humano anhela, en lo más hondo, dejar de pensar. Cómo la disciplina externa alivia la angustia de la libertad. Cómo un lema simple, un gesto repetido, una identidad nueva, pueden apagar la conciencia más despierta.
De la Espriella no necesita cinco días. Tiene las redes sociales, donde la repetición no es ritual sino algoritmo. Tiene a un electorado agotado por la violencia, por la desigualdad, por la sensación de que nada cambia. Y ofrece, con su "firmes por la patria", exactamente lo que ofrecía el profesor de La Ola: la paz de no pensar. La ilusión de pertenecer a algo mientras se entrega el derecho a moverse.
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En la película alemana, el desenlace es trágico. Un alumno, desbordado por la revelación de que todo fue manipulación, dispara en el acto de cierre. La comunidad ficticia se desmorona con sangre real. El espectador sale de la sala preguntándose: ¿yo habría caído? ¿Habría saludado con el brazo extendido si me hubieran dicho que era por el bien del grupo?
En Colombia, el desenlace aún no llega. Pero ya se escuchan los pasos de formación. Ya se ven las camisetas blancas, los hashtags uniformados, la rabia contra quien no repite el lema. "Firmes por la patria", tuitean quienes ayer criticaban el autoritarismo. "Firmes", gritan quienes no saben que la orden militar no admite preguntas. Y el candidato, desde su trinchera de sonrisas y promesas, observa su batallón. Quietos. A la espera. Listos para avanzar, sí, pero solo cuando él dé la orden. Solo cuando él lo decida. Solo cuando él, y no ellos, determine qué significa, en última instancia, esa patria por la que tanto se jura firmar.
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La tragedia no es que Abelardo de la Espriella haya elegido esas palabras. La tragedia es que funcionen. Que en un país con tanta historia de obediencia ciega —a caudillos, a partidos, a violencias que se disfrazaban de orden— la orden de "firmes" suene a consuelo y no a amenaza. Que el electorado colombiano, cansado de nadar contra la corriente, prefiera la quietud del cuartel a la fatiga de la plaza pública.
Pero la democracia no se hace de firmes. Se hace de movimientos. De marchas incómodas, de debates enredados, de ciudadanos que no esperan la orden sino que la cuestionan. "Firmes" es el sueño de todo comandante: soldados que no maniobren. "Firmes" es la pesadilla de toda república: ciudadanos que no actúen.
De la Espriella lo sabe. Por eso eligió el término. Por eso lo repite. Por eso sonríe cuando la multitud lo corea.
Mientras tanto, la ola crece. Blanca, disciplinada, firme. Y al final de la película, como siempre al final de estas películas, habrá quienes miren hacia atrás y se pregunten cuándo dejaron de ser personas para convertirse en batallón.
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Jesús Elías Varón Rincón
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