POPULISMO, RESENTIMIENTO Y DEMOCRACIA
Por qué los políticos que insultan, gritan y simplifican obtienen mayorías — y qué nos dice eso sobre el estado de las democracias contemporáneas
Javier Milei en Argentina. Abelardo de la Espriella en Colombia. Donald Trump en Estados Unidos. Jair Bolsonaro en Brasil. Viktor Orbán en Hungría. El patrón se repite con una regularidad que desafía las explicaciones simples: figuras que hablan a gritos, que rompen el protocolo, que insultan a sus adversarios, que proponen soluciones brutalmente simples a problemas complejos — y que ganan.
La reacción más cómoda es la del escándalo moral: "¿Cómo puede votar la gente por alguien así?" Pero esa pregunta, formulada desde la indignación, cierra exactamente el análisis que necesitamos abrir. Las ciencias humanas, políticas y sociales llevan décadas construyendo herramientas conceptuales para responderla — y sus respuestas son más incómodas, y más reveladoras, que el simple reproche.
Lo que sigue no es una defensa de estos fenómenos. Es un intento de entenderlos, que es la condición previa de cualquier respuesta política efectiva.
El populismo no es una ideología: es una lógica
El error más frecuente en el debate público es tratar el populismo como sinónimo de demagogia o de extremismo ideológico. El politólogo argentino Ernesto Laclau, en su obra fundamental La razón populista (2005), propone algo más preciso y más perturbador: el populismo es una lógica discursiva, no un contenido ideológico determinado.
Lo que define al populismo, según Laclau, es la construcción de una frontera política que divide la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo y la élite. Esta frontera no preexiste al discurso político — es producida por él. El líder populista no representa a un pueblo que ya existe; lo construye al nombrarlo.
Demandas equivalenciales: Laclau describe cómo el populismo funciona encadenando demandas heterogéneas — el trabajador que quiere empleo, el pequeño empresario que sufre impuestos, el ciudadano harto de la corrupción — bajo un significante vacío ("el pueblo", "la libertad", "el cambio") que las unifica sin resolverlas. La grosería del líder actúa como señal de que él no pertenece al campo del enemigo.
Chantal Mouffe, en su trabajo posterior —especialmente en For a Left Populism (2018)— matiza y discute con Laclau: si el populismo es una lógica neutral, puede ser de izquierda o de derecha. Lo que determina su orientación ética es el contenido que llena esa frontera. La pregunta política no es si combatir el populismo, sino qué tipo de "pueblo" se construye y contra qué tipo de "élite".
Aplicado a Milei: la operación discursiva no consiste en proponer políticas libertarias — eso vendría después. Primero se construye al enemigo (la casta) y al pueblo (los que trabajan y pagan impuestos). Cualquier persona que se sienta excluida del sistema puede reconocerse en ese segundo polo.
"El populismo no es una patología de la democracia sino su modo de operación más básico: la construcción de un 'nosotros' frente a un 'ellos'."
— Ernesto Laclau, La razón populista (2005)La era de la ira: cuando el resentimiento se vuelve político
El historiador y ensayista Pankaj Mishra publicó en 2017 Age of Anger: A History of the Present, un libro que traza la genealogía del resentimiento político contemporáneo hasta el siglo XVIII. Su tesis es poderosa: la modernidad prometió igualdad y progreso universal, pero los entregó de manera profundamente desigual. El resultado es una brecha permanente entre expectativa y experiencia, entre lo que la modernidad prometió y lo que efectivamente ofrece a la mayoría.
Mishra toma el concepto de ressentimentde Nietzsche — el resentimiento de quien se siente inferior o frustrado y convierte esa frustración en odio hacia quien percibe como responsable de su situación — y lo aplica a escala civilizatoria. Las figuras que hoy llamamos "populistas de derecha" capitalizan ese resentimiento acumulado durante décadas.
El cinismo como postura de poder
El filósofo alemán Peter Sloterdijk ofrece otra entrada en Crítica de la razón cínica(1983), una de las obras filosóficas más vendidas en lengua alemana del siglo XX. Sloterdijk distingue entre el cinismo clásico(la postura del filósofo que rechaza las convenciones sociales en nombre de una verdad más profunda) y el kynismo moderno: la conciencia falsa que sabe que sus ideas son falsas pero las mantiene de todos modos por conveniencia.
El político grosero opera en este territorio: sabe que sus simplificaciones son excesivas, pero las produce de todos modos porque funcionan. Y su audiencia sabe también que son simplificaciones — pero las acepta porque nombran algo verdadero que el discurso "correcto" sistemáticamente evita nombrar. La grosería es la forma que toma la autenticidad en un sistema político percibido como hipócrita.
Pankaj Mishra, Age of Anger (2017):Traza el resentimiento contemporáneo desde Rousseau y la Ilustración hasta ISIS y Trump, pasando por el nihilismo ruso del siglo XIX. Sostiene que la promesa incumplida de la modernización genera una rabia difusa que los demagogos son más hábiles que los demócratas en canalizar.
Peter Sloterdijk, Crítica de la razón cínica (1983): Analiza el cinismo como enfermedad de la modernidad tardía. Quien vota por un candidato que miente abiertamente no está siendo irracional: está ejerciendo su propio cinismo como forma de agencia.
La reacción cultural: cuando el progresismo genera su propio antídoto
En 2019, los politólogos Pippa Norris y Ronald Inglehart publicaron Cultural Backlash: Trump, Brexit, and Authoritarian Populism, un estudio empírico masivo basado en datos de la Encuesta Mundial de Valores que cubre más de cien países durante cuatro décadas. Su tesis central es contraintuitiva: el ascenso del populismo autoritario no es causa del fracaso del progresismo, sino en parte de su éxito.
A partir de los años setenta, las sociedades occidentales experimentaron un giro generacional hacia valores que Inglehart llamó "posmaterialistas": igualdad de género, derechos LGBTQ+, ecologismo, cosmopolitismo, diversidad cultural. Este giro fue real y sostenido. Pero generó, simultáneamente, una reacción entre quienes percibían ese cambio como una amenaza a sus identidades, sus valores, su estatus y su sentido de pertenencia.
Norris e Inglehart distinguen entre dos tipos de motivación para el voto populista autoritario: la inseguridad económica (quienes han perdido poder adquisitivo o empleo) y el resentimiento cultural (quienes sienten que los valores dominantes los excluyen o los humillan). El segundo factor resulta ser tan importante o más que el primero para predecir el voto populista en sus estudios.
Este es un dato crucial para entender casos como el de Milei en Argentina: su base electoral más sólida no fue la población más empobrecida, sino sectores de clase media con educación universitaria que se sentían simultáneamente frustrados económicamente y culturalmente excluidos del relato dominante de las élites progresistas urbanas.
Votar por alguien que dice lo que "no se puede decir" — que insulta al feminismo, que se mofa del cambio climático, que hace chistes sobre lo políticamente incorrecto — se convierte en un acto de afirmación identitaria. No es irracionalidad: es señalización de pertenencia a un grupo que se siente marginado del espacio público legítimo.
"El populismo autoritario contemporáneo no es tanto una rebelión de los perdedores económicos como una reacción de quienes sienten que la cultura dominante los ha dejado atrás."
— Norris & Inglehart, Cultural Backlash (2019)La psicología del autoritarismo: no es ideología, es carácter
La psicóloga política Karen Stenner ofrece en The Authoritarian Dynamic (2005) uno de los marcos más útiles para entender qué tipo de personalidades son más susceptibles al atractivo de los líderes fuertes y la política simplificadora.
Stenner distingue entre conservadurismoy autoritarismo: el primero es una preferencia por la tradición y la estabilidad; el segundo es una predisposición psicológica que se activa ante la percepción de amenaza al orden. Las personas con alta predisposición autoritaria no son necesariamente de derecha en condiciones normales — pero cuando perciben que la sociedad está fragmentándose, que las normas ya no funcionan, que "ya no se puede confiar en nadie", buscan activamente líderes que prometan restablecer el orden, aunque sea por la fuerza.
El autoritarismo de derechas
El psicólogo social Bob Altemeyer, cuya investigación sobre el autoritarismo de derechas (Right-Wing Authoritarianism, RWA) fue retomada por Stenner, identificó tres componentes que se articulan bajo alta amenaza percibida: sumisión autoritaria (deferencia hacia figuras de autoridad), agresión autoritaria (apoyo al castigo de quienes violan normas convencionales) y convencionalismo(adhesión rígida a normas sociales tradicionales).
Lo más relevante de su investigación para el análisis del voto populista es esto: el contenido de las políticas importa menos que la señal de control que emite el líder. Un político que promete destruir el Banco Central, dolarizar la economía o encarcelar opositores puede ganar votos de personas que no comprenden ni apoyan esas políticas específicas — simplemente porque transmiten firmeza, decisión y capacidad de "hacer algo" frente al caos percibido.
El ecosistema mediático que alimenta la rabia
Ninguno de los marcos anteriores es suficiente sin considerar la transformación radical del ecosistema mediático desde la segunda década del siglo XXI. Las redes sociales no son simplemente un nuevo canal de comunicación política: son una máquina de amplificación emocional que tiene consecuencias estructurales sobre qué tipo de política prospera.
Eli Pariser acuñó en 2011 el concepto de filter bubble — la burbuja de filtro — para describir cómo los algoritmos de personalización tienden a mostrarnos contenido que confirma nuestras preferencias previas, aislándonos de perspectivas contrarias. Pero el problema es más profundo que la burbuja: los algoritmos de engagement están optimizados para maximizar tiempo en pantalla, y el contenido que mejor logra ese objetivo es el que genera reacciones emocionales fuertes — especialmente indignación y miedo.
Shoshana Zuboff en La era del capitalismo de la vigilancia (2019) analiza cómo las plataformas digitales extraen datos de comportamiento para predecir y modificar conductas — incluyendo conducta política. El resultado es una arquitectura de la atención en la que los políticos que saben producir contenido emocionalmente intenso tienen una ventaja estructural sobre quienes argumentan con matices.
Milei fue construido mediáticamente durante años como entertainer político en programas de televisión, antes de ser candidato serio. Sus apariciones — gritar, insultar, agitar una motosierra — eran virales por razones de entertainment, no de política. El algoritmo de YouTube y Twitter lo promovió porque generaba clicks, comentarios, reacciones. La arquitectura de atención de las redes convirtió esa visibilidad mediática en capital político.
Por qué el reproche moral no alcanza
Reuniendo estos marcos, emerge una imagen compleja que invalida las respuestas simples. El votante de Milei o de De la Espriella no es un ignorante que fue engañado. Es, en muchos casos, alguien que:
— Ha perdido confianza en las instituciones que deberían representarlo, después de décadas de promesas incumplidas por partidos de todos los colores.
— Siente que el discurso público dominante —ya sea de centroizquierda o de centroderecha establecida— no nombra su experiencia real: la inseguridad económica, la humillación cotidiana, la sensación de que las reglas son para otros.
— Experimenta la grosería del candidato no como defecto sino como autenticidad: este al menos dice lo que piensa, aunque lo que piense sea discutible.
— Ha sido expuesto durante años a un ecosistema mediático que privilegia la emoción sobre el argumento, la certeza sobre la duda, la identidad sobre la política.
— En contextos de incertidumbre elevada, su psicología busca activamente la señal de control que emite el líder fuerte, con independencia del contenido específico de sus propuestas.
"Explicar el voto populista por la ignorancia del votante no solo es empíricamente erróneo — es políticamente contraproducente. Es exactamente el tipo de condescendencia de élite que alimenta el resentimiento que se intenta combatir."
— Síntesis de los autores analizadosLa democracia liberal tiene ante sí una pregunta que no puede eludir: si produce sistemáticamente ciudadanos que se sienten excluidos de su propio sistema de representación, ¿cuánto tiempo puede esperar que esos ciudadanos la defiendan?
La respuesta no está en explicar mejor las bondades del libre mercado o en perfeccionar las políticas redistributivas, aunque ambas cosas importen. Está en reconstruir la confianza institucional desde abajo, en producir liderazgos que puedan nombrar el resentimiento legítimo sin convertirlo en odio, y en reformar los ecosistemas mediáticos que hoy hacen más rentable la rabia que el argumento.
Eso, desde luego, es más difícil que gritar con una motosierra.
